viernes, 20 de diciembre de 2013

Entre el odio y asesinato está toda la miseria de nuestra justicia humana.

Quien se busca enemistades se cierra puertas. Hace sus manos puños, busca armas. En su corazón es ya un asesino. Puedo odiar la maldad, las tinieblas y la noche. Puedo odiar la mentira, el engaño y la corrupción. Pero si empiezo a odiar a la gente, la convierto en víctima de mi violencia, porque en el fondo creo que han merecido mis golpes.
Si estás criticando a otros, a grupos y sociedades, a sucesos y situaciones, a personas y estados, ¿es porque amas a las gentes, porque te importa lo que les pasa, porque quieres una nueva vida?... Si es así, no tengas temor alguno, haz crítica.
¿Parte tu crítica de presupuestos ideológicos? ¿Se mueve a impulsos de tu miopía, celo y odio? ¿Está destinada a derrumbar, herir, hacer polvo a alguien o algo? Entonces, esto significa que eres un crítico enfermizo, un especialista en derrumbes que no deja tras sí más que ruinas.
Si hago algo bueno, nadie se dará cuenta, ni nadie hablará de ello. Doy un paso en falso, todos lo ven, en fin, toda la vecindad lo sabe seguro.
¿Y si intentas algo más difícil pero más eficaz? La autocrítica.
Una sana autocrítica es lo contrario a rezongar y dudar. Produce conocimiento de sí mismo, opera liberadoramente y protege de desengaños.
Las personas se atacan entre sí con prejuicios desde posiciones prejuzgadas. 
La crítica que no va acompañada de autocrítica es una fuga ante sí mismo y ante la propia responsabilidad.
Luego están los que creen que es demasiado tarde. Quien no quiere reconciliación sigue sumido en la noche y en su corazón crece la maleza de la inquietud como un tumor canceroso, se castiga a sí mismo

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