domingo, 3 de marzo de 2013

Nieva a destiempo.

Nieva a destiempo. Qué potito. Febrero se marcha arropando a la península bajo un manto de moco, y marzo entra así como de golpe, despertándonos con su jarro de gota fría, soplándonos las legañas y patrocinando las últimas recaídas de la temporada.

Uno, que es más de letras que de caldo, se pregunta dónde se escondía tanta crudeza, cómo se conservaron las frigorías y desde dónde llegará tanta intemperie. Si es que hasta dan ganas de repetir la navidad, oye espera, que la última no nos salió del todo bien, trae pacá la carne de caballo, que esta vez nos querremos de verdad.

Nieva a destiempo. Qué ricura. Sí, ya sé que aún es invierno, y que mientras sea invierno, puede hacer con nuestros armarios lo que le dé la gana. Que ya, que lo que no era normal era ver gente tomando el sol en la playa en plena cuesta de enero, en vez de estar haciendo lo que había que hacer: pasear por las rebajas sin poder ni siquiera mirar, por no gastar ni lo que se miraba. Pero es que cuando uno se acostumbra a la excepción, a ver quién es el guapo que avisa cuando ya se ha transformado en norma.

Nieva a destiempo. Pero nieva sobre mojado. Los informativos contagian su meteorología y las calles de nuestras ciudades se vuelven a colapsar, dejando en evidencia una vez más que seguimos siendo líderes en infraestructura solar, pero no de la renovable sino de la otra, de la que sólo funciona cuando hace sol.

Nieva a destiempo. Y hay que ver cómo llama la atención. Como cualquier cosa que se vaya de tempo y pierda el compás, chana, mola, da la nota.

El Papa se marca un Esperanza Aguirre y renuncia antes de tener que enfrentarse al mayor lío que se haya visto jamás. ¡Pang! El Barça, presunto favorito en todas las apuestas y supuesto mejor equipo del mundo, se juega la Copa del Rey y acaba perdiendo contra sí mismo. ¡Ping! La independencia de Catalunya la inicia, sin quererlo, la escisión interna de un partido federalista. ¡Pumba! A la amiga del Rey la seguimos llamando amiga del Rey. ¡Timón! El dedo corazón de Bárcenas anuncia nueva gira por los juzgados y listas del paro. ¡Grrrinch! Y Michelle Obama, que nada tiene que ver con este artículo, pero también le hacía ilusión aparecer aquí. ¡Buzz Lightyear!

Son discontinuidades. Fracaso de toda planificación, pesadilla de todo buen matemático, muerte de cualquier tendencia, vergüenza de todo experto que se precie y el cisne negro en toda historia sobre cualquier cosa.

Son las razones por las que la vida deja de volverse previsible cuando todo apuntaba justamente a lo contrario. Motivos por los que siempre vale la pena levantarse bien pronto, bien pronto, bien pronto y comprobar que aún seguimos sin entrenador.

Y es que nuestra existencia, como cualquier formato audiovisual, necesita su tempo para respirar. El vídeo se consume al ritmo que decide un director, la música al que crea su intérprete y el texto es el único cuyo ritmo lo impone el que lo consume. Quien controla el tempo tiene el poder: finaliza la obra, la redondea y le dota de pulso cardíaco que le da la vida. Y no es casualidad que cada vez leamos menos y miremos más... para ver menos, claro.

El caso es que nieva a destiempo. Y los que tenemos la azotea cada vez más despoblada, tratamos de reforestarla, cultivándola con semillas de todo tipo. A mí me vienen ahora a la cabeza un libro, una promesa y una canción.

El libro, Las aventuras de un guionista en Hollywood, de William Goldman, gran novelista y consultor que escribió, entre otras obras legendarias, Dos hombres y un destino o Marathon Man. El libro lo acabé olvidando a medias, pero recuerdo que me impactó mucho la primera frase: «Nadie sabe nada». Al igual que los elementos más importantes en cualquier éxito cinematográfico rara vez fueron premeditados, las cosas más importantes de nuestra vida siguen siendo aquellas que jamás podremos planificar.

La canción, Sometimes It Snows In April, quizás el mejor tema del Prince de los 80, y mi balada favorita de todos los tiempos. Supongo que me acuerdo de ella porque es una bellísima oda al final de las cosas bellísimas, con la aparición de un acorde inesperado e incorrecto en medio del estribillo que empieza siendo muy molesta y acaba haciéndose tan imprescindible e inefable como un The End.

Y la promesa, porque es de las pocas que siempre se cumplen.

Algo que puede resumirse en una sola palabra.

Algo que surge sólo cuando nieva a destiempo.

Discontinuará.

Risto Mejide.

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