domingo, 18 de noviembre de 2012

Deseos.

Ten cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad. Lo decían las historias del abuelo, los proverbios chinos, las canciones. Estaba escrito con luces de neón en las calles por las que caminaba, en los escaparates, en el aire, en las caras anónimas con las que me cruzaba, en los parques, en el cielo, en ti. 
Podría haberlo evitado antes de que llegara la noche, podría haber huido del precipicio en vez de saltar al vacío en el último domingo de verano.
Pero aquello no iba conmigo. Y otra vez me encontraba en la misma estación de autobús que tantos besos me había robado años atrás. Solo que la historia era distinta y yo menos niño, o eso pensaba. Arrastraba conmigo una lista de ochenta y ocho razones por las que debía hacerlo, todas absurdas cuando empezó a sonar la música y mis pies abandonaron el suelo. Entonces llegó la calma que trae tu tempestad, las insignificantes sobras de tus días, las verdades a medias que me regalas para no verme triste. Y olvidaba todas las palabras que tenía para ti, porque hasta el perfume más caro del mundo tiene envidia del olor de tu piel, y ni siquiera lo sabes. Igual que yo no sabía lo difícil que es volver a bajar después de haber sobrepasado los límites del cielo. Más pequeño que nunca, perdido en lo grande que me quedaba aquel viaje.
Tuve que conseguirlo para aprender que es mejor que la realidad ilusione, pero sin llegar a cuajar. Que es necesario tener algo por lo que vivir, pero aguantar sin quemarlo. Desear lo inalcanzable, pero nunca llegar a alcanzarlo. 
Las aceras derretidas por el calor, las luces de neón en cada esquina, en mi cabeza aquella canción... Y estas ganas de retroceder, resetear, borrar. De ser como los demás. Los que se conforman, y no buscan adueñarse de ese trocito que no les corresponde. Ese que nos lleva a tropezar.

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