martes, 17 de enero de 2012

Chicago

Pop. Seis. Zas, No, no. Cicero. Lipschitz.

Y ahora las seis complacientes asesinas de la prisión de Cook nos ofrecen su interpretación “El tango del pabellón”:
Se lo merecía, se lo merecía, es el único culpable, de haber estado, de haberlo visto, seguro que habrías hecho lo mismo.
- Hay personas que tienen vicios que te ponen de los nervios, como Bernie. Le gustaba mascar chicles. No, mascar no. Hacer pompas. Un día llego a casa bastante enfadada y esperando un poco de consuelo y veo a Bernie tirado en el sofá bebiendo cerveza y mascando. No, mascando no, haciendo pop. Entonces voy y le digo: “¡Vuelve a hacer pop una vez más…!” Y lo hizo. Así que cogí la escopeta de la pared y disparé dos tiros de aviso, justo en su cabeza.
Se lo merecía, se lo merecía, es el único culpable, de haber estado, de haberlo oído, seguro que habrías hecho lo mismo.
- Conocí a Ezequiel Young de Salt Lake City hará unos dos años y me dijo que era soltero. Los dos congeniamos enseguida y empezamos a vivir juntos. Se iba a trabajar y cuando volvía le preparaba una copa y cenábamos. Hasta que lo descubrí… Soltero me dijo. ¿Soltero? ¡Y un cuerno! No sólo estaba casado: tenía seis esposas. Era un mormón de esos… Esa noche cuando volvió del trabajo y le preparé una copa, como siempre… Y ya se sabe: hay hombres que no toleran el arsénico.
Se lo merecía, se lo merecía, tomó a una chica en la flor de la vida y la usó, y hasta abusó. Fue un asesinato, pero no un crimen.
- Estaba de pie en la cocina, trinchando el pollo de la cena, pensando tranquilamente en mis cosas, cuando irrumpió mi marido Wilbur loco de celos. “¡Te has cepillado al lechero!”, dijo. Estaba desquiciado y no dejaba de gritar “¡Te has cepillado al lechero!”. Se topó con mi cuchillo. Se topó con él diez veces.
De haber estado, de haberlo visto, seguro que habrías hecho lo mismo.
- ¿Qué estoy haciendo aquí? Según ellos, la policía húngara, maté a mi marido. Pero yo no fui, no soy culpable. No lo soy. No puedo creer que el tío Sam diga que fui yo. Dicen que fui yo, pero en realidad…
- Ya, ¿pero lo hiciste?
- No, no. Soy inocente.
- Mi hermana Verónica y yo éramos un dúo. Y mi marido Charlie viajaba con nosotras. Bien, en nuestro último número hacíamos veinte acrobacias seguidas. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, spagats, saltos del águila, mortales, flig flags, uno tras otro. Una noche, antes del espectáculo, estábamos los tres en el hotel Cicero empinando el codo y riéndonos de tonterías. Nos quedamos sin hielo, así que salí a buscar un poco. Cuando vuelvo, abro la puerta y veo a Verónica y a Charlie haciendo un 17, el salto del águila. Bueno, me produjo tal conmoción que perdí la cabeza y no recuerdo nada. No fue hasta después, cuando me lavaba la sangre de las manos, que supe que estaban muertos.
Se lo merecían, se lo merecían, hacía tiempo que se lo merecían. Yo no lo hice, y si lo hice, ¿quién puede decir que estaba equivocada?
Se lo merecían, se lo merecían, hacía tiempo que se lo merecían. Yo no lo hice, y si lo hice, ¿quién puede decir que estaba equivocada?
- Quería a Lipschitz más de lo que podría expresar. Era un auténtico artista. Muy sensible, un pintor. Pero necesitaba encontrarse a sí mismo y salía todas las noches a buscarse y de paso encontró a Ruth, a Gladis, a Rosemary y a Irving. Podría decirse que rompimos por diferencias artísticas. Él se veía vivo y yo le vi muerto. El animal, el animal, el animal, el animal, el animal.
Se lo merecían, nos usaron y hasta abusaron, ¿quién dice que nos equivocamos?
Se lo merecía, es el único culpable. De haber estado, de haberlo visto, seguro que habrías hecho lo mismo.

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